Diario de incertidumbre: Pandemia
“Nada ha cambiado, y sin embargo todo existe de otra manera”.
“La Náusea”.
Jean Paul Sartre.
Tenemos una inclinación por asir la realidad desde la anécdota, desde lo predictivo, y Honys, juega con eso. Nos hace partícipes de su pasatiempo, como si el juicio estético debe pasar por el tamiz de todas las puertas de lo banal.
Esa es la primera palabra clave para darle una lectura a la obra de la artista, cercana y con mediana puntería: puerilidad, trivialidad, futilidad, nimiedad, son algunos sinónimos de la palabra banal. ¿Y por qué decimos esto? Qué impertinencia la mía, llamar a la obra de un artista (a la que se pretende elogiar), como un arte ligado a lo banal.
Hicimos las advertencias en el primer párrafo. La trampa al ojo, la trampa a la psiquis, a nuestra necesidad de entender la vida como una escalera, como un andar hacia adelante, como un clisé, la vida estructurada y ordenada, según un destino impuesto por la cultura que nos toque vivir, según nuestra geografía y nuestro tiempo.
Honys Torres nos somete a lo grato, a lo seguro de lo predictivo. Utiliza animaciones harto conocida por la industria del mass media, los íconos del momento, las estrellas de cine, el retablo de la fama, y colorea. Distribuye inteligentemente el algodón de azúcar, para bajar nuestro nivel de aprensión, y relajarnos.
Pero no, no nos dejemos engañar, no bajemos la guardia ante su melodía ligera. Ante la banalidad que parece cernirse frente a nuestros ojos.
El encuentro con la obra, una vez que traspasamos el umbral, nos muestra un alto contenido político, una incansable búsqueda por indagar en las preocupaciones actuales de lo humano, usando la noticia del momento. Honys Torres, es una reportera visual, va cazando la noticia, hace metáfora y le da al hecho, su mirada subjetiva. Esa es la segunda palabra clave, es una reportera visual; usa la actualidad para transpolar las preocupaciones epistemológicas de lo humano: el amor y la muerte (Eros y Tánatos) y entonces, esa noticia, esa instantánea de la realidad, se transforma en lo perenne, en arte.
Recordemos al célebre Picasso, quien transformó un bombardeo de un pueblo desconocido, en el emblema de la guerra, El Guernica. Pablo le arrebató al hecho noticioso lo pasajero, y dejó para la humanidad la certeza de que toda guerra es la misma guerra, que todo niño sufriente es siempre la misma infancia sufrida, y que una injusticia equivale a todas las injusticias.
El arte logra socavar, resignificar cualquier hecho, y convertirlo en un axioma que permanezca en el tiempo. La obra de arte, la cultura misma es peligrosa. No en vano aquella famosa frase atribuida a Hermann Göring, el nazi fundador de la Gestapo: “Cuando escucho la palabra cultura, saco mi revólver”. Qué jocoso, el señorito nazi. Clarividente. Y sí, el artista mira por la rendija donde la sociedad voltea. Coloca el dedo en la llaga, y trasciende el hecho, para la eternidad.
La fotografía de la niña quemada por fósforo blanco, caminando con los brazos abiertos, desposeída, desesperada, en la carretera de Trang Bang, en Vietnam, resquebrajó la idea de la guerra como camino a la paz. Esa sola imagen, que recorrió el mundo, fue y es la guinda de la torta sobre la industria armamentista.
El arte, es poderoso.
Honys lo tiene muy claro. Construye sus metáforas visuales desde lo siniestro. Freud plantea Lo Siniestro (1919), como una vivencia contradictoria donde lo extraño se nos presenta como conocido y lo conocido se torna extraño. Ese sentimiento que siendo familiar y conocido regresa a nosotros con una sensación de extrañeza y contenido terrorífico que nos produce angustia. Tercera palabra clave: lo siniestro.
Honys Torres utiliza iconografías que se encuentran en nuestra memoria desde la más tierna infancia. Usa figuras conocidas, allegadas a nuestro locus, a nuestro sitio psíquico, desde la repetición y la publicidad. Pero no se encuentran aisladas, como un logotipo o una marca. La operación consiste en colocarlas en un mismo plano de acción, interactúan unas con otras, discordantes y desbordantes de significados.
Este diario de la pandemia, retrata las equivocaciones, los límites de la gobernabilidad, los estereotipos del poder en la fragilidad de un virus que amenaza a la humanidad. Ya la pandemia y la cercanía de la extinción, son en sí mismas siniestras. El fin del mundo siempre ha permanecido en el miedo ancestral. Y en este fin de mundo, más cercano que todos los fines del mundo imaginados, Honys hurga en la herida y confirma lo que tememos, que no hay certeza. La voluntad de forma se constela en el horror vacui, el miedo al vacío.
Honys no deja espacio para el descanso de la mirada, no hay tregua. Compone cada imagen en un estilo neo barroco, una estética de caos ordenado. Es una reiteración de la desmesura. Ella autocalifica su obra como neo pop. Y sí, puede que formalmente encaje en esa estructura crítica, pero también va más allá. Expande los hitos del neo pop hacia una configuración de lo siniestro, de lo conocido que de repente se convierte en extraño.
La verdad puede que duela, pero también calma. Este diario de una pandemia que recién van a comenzar a sentir, nos muestra verdades crudas, desprovistas de juicios, inútiles por inexorables, lapidarias, pero que nos interrogan, y el ejercicio de la pregunta, de la duda, siempre es una buena noticia, porque nos conduce al autoconocimiento.
"Conocerte es ser clarividente" era el texto que anunciaba la entrada al oráculo de Delfos.
Estas 20 instantáneas, más que describir los hechos, nos anuncian el mundo reciente, que aún no nace.
Morella Jurado
Curador de Arte, Junio 2020

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