En la colección Crónicas de la Piedad, Honys Torres incluyó una obra tan irreverente como el resto de su producción plástica: un rey decadente que blande, como cetro, un moderno rifle de caza, mientras deja reposar sobre sí a un Dumbo ajusticiado, rodeado de otros “trofeos” mortales y apostado sobre un maltrecho jaguar.
Semejante acto de provocación, bajo el lema Un Rey sin Piedad, forma parte del sólido discurso que esta artista venezolana ha construido a lo largo de su trayectoria. En esta obra vuelve a fundir ironía, humor negro, crítica social e íconos mediáticos con una actualidad tan fresca como dura, que para el observador se transforma en una crónica visual. Pero, a diferencia del noticiero volátil, esta crónica nos abofetea con sus estridencias reflexivas. Es un juego visual que sostiene su firme carrera artística, encuadrada por algunos críticos dentro de un cierto Neo‑Pop.
A contrapelo de aquel movimiento plástico de finales del siglo pasado, la propuesta de Honys Torres no cede a la futilidad, a la mera apariencia ni al banal esbozo de un imposible “arte por el arte”. Lo que lanza esta artista —con sus colores vibrantes y tropicales, su horror vacui y sus personajes desenfadados— es un profundo cuestionamiento a nuestra civilización, hecho con el arma más contundente que posee el ser humano: el humor.
Ahora la artista contraataca. Retoma al polémico personaje de Juan Carlos I para desnudarlo, tal como hizo Hans Christian Andersen en su apólogo El traje nuevo del emperador. Cuando el escritor danés publicó su cuento en el siglo XIX, lo acompañó de una advertencia: “No tiene por qué ser verdad lo que todo el mundo piensa que es verdad”. Del mismo modo, Honys Torres devela lo que está a la vista, pero que ha sido encubierto de forma deliberada. Es nuestra sociedad contemplando una desnudez evidente, pero que casi nadie admite.
A través de una contrastada serie de retratos del abdicado Rey, exploramos a un personaje transmutado: ya no envuelto en su medieval y artificiosa solemnidad —que hoy roza lo absurdo—, sino convertido en un “ex‑Rey” que se deja ver en múltiples disfraces, enmascarado bajo el mismo perfil lúdico que Honys Torres otorga a quienes merecen su atención creativa. Nadie mejor que esta artista para destapar a tan polémica y desfasada majestad. Porque al desnudarlo no se deplora al ser humano, sino que se exhiben nuestras contradicciones como civilización, nuestras patéticas sumisiones.
Al nivelar a Don Juan Carlos I —con su corona y capa real— junto al oscuro superhéroe de DC Comics, al antihéroe guasón o al infantil ratón Mickey, Honys no somete ni denigra al Rey. Este acto de develamiento, como en el cuento danés, termina por desnudarnos a todos: nos desenmascara mientras le coloca un antifaz o unos bigotitos respingados de Dalí. Nuestra falsedad disfrazada y oculta no es muy distinta a la del emperador, sea el del cuento de Andersen o el de la realidad española.
Aceptamos con cierta sorna las travesuras reales; solemos justificar más a un monarca corrupto y mata‑elefantes que a nuestros propios congéneres. Esto ocurre gracias a los mecanismos descritos por Aníbal Quijano y Ramón Grosfoguel —entre otros— bajo el concepto de la Colonialidad del Poder. Esta lógica instauró no solo las formas de dominación, sino también los medios para legitimarla. Por eso, además de constituir la estructura hegemónica que sostiene el poder perpetuo de determinadas familias, inoculó en sus súbditos una afinidad hacia quienes se permiten saquear cuentas, cazar paquidermos o encabezar escándalos, mientras los demás nos alimentamos de sus excentricidades a través de páginas rosa y decadentes programas televisivos.
Al naturalizar como sociedad los deslices de semejantes personajes, reduciéndolos a simple farándula, les otorgamos validez al poder que se abroga desde tiempos de Fernando II de Aragón, en el lejano siglo XV. Este poder no solo se ejerce —según la perspectiva de la Colonialidad— mediante la fuerza física, militar o el dominio político; también se nutre de nuestro morbo escandalizado, se oxigena cada vez que lo legitimamos actuando como si fuese necesario, como en la relación dialéctica planteada por Hegel en la conocida analogía entre el Amo y el Esclavo.
Por eso, en la obra de Honys Torres el Rey reaparece no para ser ridiculizado, y menos aún exaltado, sino para mostrarnos el espejo de nuestra propia legitimación. Somos máscaras, disfraces y poses, sorprendidos ante un simple ser humano a cuyos ancestros se les endilgó la abstracta idea de haber sido destinados por Dios para la “noble y sacrificada labor” de dominarnos. Nada distinto a un faraón egipcio o a cualquier profeta que se autoasume un papel divino. Somos quienes seguimos las tropelías de Juan Carlos, sea en España, en África o en un Emirato Árabe.
El César, título imperial otorgado en la antigua Roma, nunca estuvo mejor plasmado que en este personaje, quien —por cierto— nació en esa ciudad italiana. Los textos que Honys Torres integra en la obra, en esta hibridación entre juego, crónica e ironía, combinan citas reales (es decir, pronunciadas por el propio Rey), canciones populares y referencias como el infaltable sonido onomatopéyico del legendario Batman, con un Adam West golpeando al malvado Guasón en su característica guarida inclinada.
La idea de un neo‑pop para categorizar su obra se revela incompleta e incluso injusta. De aquel movimiento frívolo y de trasfondo posmoderno aquí no queda nada. En todo caso, Honys Torres se acerca más a los arriesgados atrevimientos del Pop latinoamericano, a aquellas acciones que tanta polvareda levantaron en la Argentina de los años sesenta. Una de sus figuras, Dalila Puzzovio, llegó a afirmar que el Pop que ellos plantearon fue lo más alejado del miedo que pudiera existir.
Por eso las etiquetas, categorizaciones y títulos van perdiendo sentido en este siglo XXI complejo, pandémico, ambiguo y caótico. Tanto para un añejo reinado como para designar a una artista heterogénea, renovada y a la vez consolidada en su planteamiento plástico. Tan poca importancia tiene hoy ser neo‑pop o monarca, porque nuestras realidades superan cualquier ficción. La obra de Honys —reflexiva, críticamente frontal, fresca y sorprendente— resulta una crónica viva, dinámica e híbrida: un zapping del mundo contemporáneo visto desde los ojos de un arte actual y vital.
Pierre Cabanne dijo que el retrato era el arte de fijar los rasgos de una persona en una imagen pintada. Si bien podría pensarse que “fijar los rasgos” se refiere a reproducir la realidad visible, estos retratos plantean un “juego de roles” en el que la artista fantasea con máscaras reales: disfraces que ocultan tanto como revelan, pantallas que encubren pero también desnudan. Aquí los rasgos no son visuales, sino psicológicos.
Queda entonces una duda: ¿somos realmente tan diferentes? O, como preguntaría el artista pop inglés Richard Hamilton: “¿Pero qué es lo que nos hace tan diferentes?”. Los trajes de este emperador terminan desnudándonos a nosotros: testigos de aquelarres, consumidores de la revista Hola, adictos a Corazón, Corazón, faranduleando la vida.
Honys nos deja al descubierto con su inapelable humor caribeño, pues “no tiene por qué ser verdad lo que todo el mundo piensa que es verdad”. De la trascendencia de aquel Rey sin piedad al destape de nuestras propias contradicciones, falta tan solo un sincero niño que apunte con su dedito a las verdades.
Cesar Araujo Torres
Historiador de arte

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